Premio Café Madrid





Ya ha llegado el día. Hoy, 22 de mayo empiezan las votaciones hasta el 12 de junio.

Todos los que votasteis en la primera fase lo tenéis fácil pues no hace falta que os inscribáis de nuevo. Bien a través de la cuenta de Facebook, como la de google o la del Club de escritura, podéis votar en esta segunda y última fase.

Las bases del concurso dicen lo siguiente:
En el periodo de votación popular es obligado que cada votante puntúe a un mínimo de 5 obras (sin un máximo). De no hacerlo, será descalificado. Se contabilizará el número de estrellas concedidas a cada texto. No se sumarán las votaciones de los usuarios que hayan votado a menos de 5 obras.

Aquí os dejo el enlace a mi obra “Sueños de sal”


Y eso es todo. A partir de aquí que Dios reparta suerte para todos los participantes.

Ni que decir que os agradezco muchísimo el tiempo que habéis dedicado, tanto a la lectura, como a darme vuestra opinión sobre mi propuesta. No lo olvidaré nunca.

He llegado a esta segunda fase por vosotros. Ahora vuestros votos y el Jurado del Club de escritura tendréis la última palabra.

Un fuerte abrazo y mi agradecimiento eterno.




Todos los tiempos







Tiempo vivido, tiempo pasado, un tiempo que se fue, un tiempo que está por venir, así es el tiempo en nuestra vida.

Con el tiempo se va la vida, se va la percepción de un entonces, las vivencias de nuestra infancia, los seres queridos. Y solo con los recuerdos podemos rescatar parte de ese ayer vivido.

Tiempo de ayer y el tiempo de hoy, dos tiempos diferentes. Espacio y tiempo ocupados por diferentes personas y en diferentes cosas. Tiempo gastado en contratiempos, en momentos de duda. Tiempo de peleas por falta de tiempo para llegar a un entendimiento. Tiempo de guerras,  tiempos de crisis.

Tiempo que hemos pasado formando sueños para tener ilusiones. Tiempo que hemos empleado en crear esperanzas para una vida más larga, con más tiempo para vivir el poco tiempo que nos ha sido dado.

No creo que el tiempo pasado fuera mejor, eso si, era diferente. Las mujeres de entonces no se detenían a mirar como pasaba el tiempo. Sólo tenían tiempo para trabajar. Pasaban todo el día ocupadas haciendo cosas y más cosas, no tenían tiempo para pensar en que no tenían tiempo.

Muchas, la mayoría, no tuvieron nunca la oportunidad de disfrutar de un fin de semana, de vacaciones pagadas. Tampoco de disponer del jornal ganado, de tener el lujo de estudiar, o de quedarse en la cama, o de perder el tiempo como les diera la gana.

A mi abuela le hubiera gustado vivir “este tiempo”. Tiempo de avances, tiempo futuro, tiempo de no tener tiempo para nada. Tiempo para quejarse y hacerlo a gusto, con la cabeza alta. Tiempo de libertad, tiempo para votar, tiempo de vientos y tiempo de tempestades. Tiempo de vivir el amor libre, de quedarse soltera, tiempo de lluvia y tiempo de tomar el sol, pero sobre todo, tiempo para poder vivir a conciencia la libertad de poder disponer de su tiempo.







A Gernika




Lunes

Siempre que vuelve a su pueblo natal la embarga la tristeza y el miedo, lo que le produce un desasosiego como el que sintió aquella tarde, cuando los aviones parieron y esparcieron su horror sobre las calles soleadas.

Hoy el cielo está azul y luce plácido, como aquel lunes. Camina con pasos aprendidos desde la niñez. Sin embargo, un fugaz sentimiento de pérdida la roza en ese momento y se encuentra de repente en un barrio desconocido, en un ir y venir de gente asustada corriendo sin rumbo alguno, gente que más que pisar el suelo lo sobrevuela.
Una señora pasa a su lado y le sonríe como si la conociera. Aquella sonrisa le recuerda a la que le dedicó su madre aquella mañana cuando salió de casa, una casa antigua, de paredes recién enyesadas, situada al final de una calle poco transitada.

Al cruzar bajo los arcos de la plaza grande llega hasta ella un olor ya olvidado. Curiosa, mira a un lado y a otro. Debajo de uno de los arcos, una aldeana asa unas castañas en una parrilla hecha con cuatro hierros en los que se sustenta una paila agujereada sin orden ni concierto. Se acerca y observa a la mujer. Es muy vieja, tiene la cara agrietada como la tierra cuando se reseca. Un pañuelo negro cubre sus cabellos canos. La anciana levanta la vista y la mira fijamente. Hay palabras que dicen poco y silencios que dicen mucho. Sus ojos le dan miedo, son como grutas.

Atemorizada, desvía la mirada y sigue su camino aprendido. Se cruza con mujeres que entran y salen de las tiendas. Hoy como entonces,  es lunes, día de mercado. Nada más entrar se queda extasiada ante el festival de olores, colores y sonidos que allí se reúnen. Algunas mujeres acarrean bolsas de tela hechas con trozos de ropa en desuso para guardar la compra. Otras, más pudientes, llevan los labios pintados y arrastran abultados carritos con ruedas. Hay mujeres que, disimuladamente, guardan en sus bolsillos cosas pequeñas que sisan aquí y allá; una manzana, unas patatas, algunas nueces. Ve a una niña de unos doce años, con largas trenzas, que dobla un puerro y se lo mete debajo de la camiseta sin dejar de sonreír.

Se dirige a la zona de la plaza donde venden flores y plantas. Compra un bonito ramo de claveles blancos y sale del mercado en dirección al cementerio. Le gusta visitar el cementerio y pisar el musgo añejo de sus calles y sus piedras. Acostumbra a visitar el mausoleo donde se honra a los hombres y mujeres fallecidos en la guerra. Deposita el ramo de flores y se recoge en una oración por sus abuelos maternos.
Por uno de los pasillos laterales pasan unos niños jugando a buenos y malos. Sus chillidos rompen el silencio ronco de los habitantes del cementerio. No saben que las personas allí silentes oyen cosas cercanas y lejanas. Oyen lo que nadie más puede oír y ven lo que no es visible para los de afuera.

Se fija en los niños. No parecen de esta época. Visten con ropas que no son suyas. Llevan ceñido el cinturón de su padre, los pantalones que seguramente han heredado de su hermano mayor y calzan botas rescatadas del cotolengo. Uno de los niños tropieza y al caerse su cabeza choca contra el suelo. Se levanta como si nada hubiera pasado. Tiene un corte en la frente del que brota un hilillo de sangre que tiñe de rojo por donde resbala.

Su primer instinto es acercarse para revisarle la herida, pero justo en ese momento el chico se envalentona y con actitud desafiante, se limpia la sangre de un manotazo esparciendo la mancha roja hacia la mejilla, lo que le da un aspecto de indio guerrero que le recuerda a las películas de vaqueros que dan en la tele los domingos por la tarde.

Se da media vuelta y se vuelve a arrodillar frente al mausoleo. Acomoda bien el ramo de claveles y se refugia en el infierno de las ausencias mientras en su corazón sigue palpitando un adiós emocionado.




Jone Miren Asteinza